"Call me Ishmael.
Some years ago—never
mind how long precisely—having little or no money in my purse, and nothing particular to interest me on shore, I thought I would sail about a little and see the watery part of the
world. It is a way I have of driving of the
spleen and regulating the circulation. Whenever I fnd myself growing grim about the mouth; whenever it is a damp, drizzly November in my soul; whenever I find
myself involuntarily pausing before cofn warehouses, and bringing up the rear of every funeral I meet; and especially whenever my hypos get such an up- per hand of me, that it requires a strong moral principle to prevent me from
deliberately stepping into the street, and methodically knocking people’s hats of—then, I account it high time to get to sea as soon as I can. Tis is my substi- tute for pistol and ball. With a philosophical fourish Cato throws himself upon his sword; I quietly
take to the ship. Tere is nothing surprising in this. If they but knew it, almost all men in their degree,
some time or other, cherish very
nearly the same feelings towards the ocean with me"
Herman Melville, Moby Dick
Las vacaciones prototípicas,
las de los cuentos, las de Mafalda, siempre son a la playa. Porque hay que
aceptarlo, el mar es hermoso. Nos hace sentir nuestra pequeñez, nos hace ser
conscientes de los límites humanos, nos hace pensar en cosas muy grandes,
distantes , solitarias y profundas, porque así es el mar. Mi idea de la verdadera soledad es viajar en
un barco rodeada de agua por todos lados, como Ismael, quien decide embarcarse
cada vez que la melancolía lo ataca.
En Colombia escapar
al mar es posible por dos rutas, puede uno aventurarse a la Costa
Atlántica, cuyas playas son de renombre mundial, y las hay muy hermosas en el Parque
Tairona por ejemplo, o puede dirigirse a
destinos menos conocidos, más modestos, pero no por ello menos encantadores.
El Pacífico, cuya
inmensidad se dice fue contemplada por primera vez por Vasco Nuñez de Balboa
(aunque sería más correcto decir, cuya inmensidad fue documentada por primera
vez por Vasco Nuñez de Balboa) es también hermoso. Y el Pacífico Colombiano ni
que decir. Allí me aventuré, alguna de las tantas veces que la melancolía hizo presa
en mí y también con muy poco dinero en el bolsillo. Sus playas de
arenas oscuras, sus gentes niches e indígenas, sus aguas quietas y poderosas.
Lo que en Colombia se conoce como la zona del Bajo Río San Juan, es la desembocadura
del río que lleva este nombre en el Pacífico Colombiano, río que irriga los departamentos
de Risaralda, Chocó y Valle del Cauca.
¿Qué hay de interesante allí en su
desembocadura? . Manglares, comunidades
indígenas, bosques que de tan poblados no le caben a uno en la cabeza, calor,
humedad, lluvia, mucha lluvia, mujeres que hacen una de las cesterías más bellas
de Colombia con la fibra de la palma
Werregue, y hombres que tallan maderas de esas que todavía quedan algunas en
las selvas del Chocó: okendo, brasil y palo de rosa, maderas de un rojo
intenso, que transforman en delfines, ballenas, tortugas, serpientes. También
hay borojó, plátano yuca y pescado, hay
viche, bebida que se destila en las casas, y hay mujeres que cantan y bailan
como pocas podríamos hacerlo en Colombia. Y hay
agua, por todos lados, está el mar, está el río, están las siempre presentes
lluvias, y por ello hay hombres que manejan sus enormes atarrayas con envidiable
habilidad.
Bueno y ¿que hay
de interesante con un manglar?, si los cronistas de viajes siempre los han referido como uno de los ecosistemas más
feroces de la tierra, plagados de zancudos, que se cuenta devoraron al conquistador
Lope de Aguirre, cuando buscaba desesperadamente El dorado, escena
magistralmente representada por Klauss Kinsky en la película “Aguirre la Ira de
Dios”.
Es cierto que aún
desde lejos el aspecto del manglar es feroz, pero es que unos árboles que crecen en donde el
agua dulce se junta con el agua de mar, en zonas cenagosas, tienen que serlo
para poder adaptarse y sobrevivir. Más allá de su apariencia exótica, los
manglares cobran importancia por ser el único ecosistema abierto de las zonas
tropicales. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que los demás ecosistemas del trópico reciclan sus
nutrientes , estos no van a ningún lado, no salen de allí, todo lo que se produce es
para el consumo del mismo ecosistema, razón por la cual son tremendamente
frágiles y susceptibles a las influencias
externas, especialmente la Selva Húmeda Tropical.
Los manglares ,
en contraste, son el inicio de la cadena alimenticia del mar, dado que las
hojas que caen al fango en el que crecen
los manglares, y que empiezan a descomponerse , forman una película gelatinosa,
alimento de algunos pequeños camarones ,que posteriormente serán devorados por
peces más grandes y así ad infinutum. Camarones que también hacen parte del
sustento de los habitantes, ya que se “cosechan” enormes cantidades de estos en el manglar.
De allí la importancia ecológica de este ecosistema, conformado por al
menos 4 especies diferentes de árboles con raíces aéreas, dotadas de
neumatóforos, que permiten el intercambio de las sustancias salobres , y por tanto
la supervivencia de las especies en ausencia de oxígeno.
No menos
sorprendente es que hayan desarrollado la condición del viviparismo, es decir,
producir semillas que germinan antes de separarse de la planta madre . Las
semillas de estos árboles germinan antes de caer al terreno fangoso, estas son
como dardos, que caen al fango clavándose, asegurando el crecimiento de una nueva plántula.
En Colombia el profesor Jaime Von Prahl ha dedicado gran parte de su vida a investigar y documentar los manglares
colombianos, presentes tanto en la costa Pacífica como en La Costa Atlántica. Si Usted es uno de esos curiosos con ganas de
saber siempre algo más le recomiendo buscar : Manglares
y hombres del Pacífico colombiano Von
Prahl, Henry; Cantera, Jaime Y Contreras, Rafael,. Bogotá Fondo FEN, 1990
De modo que contemplar
el manglar es contemplar también el inicio y sustento del ciclo de vida del que
dependen casi todas las especies que habitan los mares, y por tanto , representan
también el sustento de los pobladores, cuya actividad económica extractiva
principal es la pesca artesanal para el
autosustento. Creo que eso es suficiente
para hacerlos hermosos y dignos de toda la admiración del mundo. Admiración a
la que no he podido sutraerme desde mis épocas de estudiante, cuando me acerqué
a este ecosistema, de la forma en que lo he hecho con muchas cosas en la vida,
que han resultado las más hermosas: por pura casualidad.
Es lógico que la
gente prefiera la Costa Atlántica, ya que el sol aparece casi todos los días, eso
asegura una buena rostizada, evidencia
de que el viaje se realizó: 15 días de baños dolorosos e insufribles, 15 días
de no poderse vestir sin aullar, producto
de quemaduras que ni el bloqueador solar más potente pudo evitar. Porque yo no
sé porque , a la gente le gusta tirarse en la arena a tostarse, mientras que las
cosas más interesantes suceden en otro lado. Allí, en los manglares, en el
cauce del río, en sus riberas, en sus estuarios, allí están los hombres y
mujeres que hacen parte de esa Colombia que no sale mucho en las fotos, y a la
que definitivamente no es buena idea ir en bikini. Así que si usted es un turista, vaya al
Atlántico. Si Ud es un viajero vaya al Pacífico, si de verdad quiere escapar
del mundanal ruido y colmar sus sentidos de cosas que en realidad nunca ha
visto, vaya al Bajo Río San Juan.
Porque creo yo
que hay diferencias entre ser un turista y ser un viajero. Un verdadero viajero
se entrega a la fortuna, propicia o adversa, busca cosas, busca algo que no
sabe que es, quiere ver, quiere oler, quiere desacostumbrar sus sentidos. El
turista busca la diversión, el deleite y el esparcimiento, digamos que un
turista va más o menos a la fija.
El pacífico colombiano
es un destino para viajeros. Yo conocí el bajo Río san Juan y navegué aguas arriba
por su cauce, hasta encontrar la comunidad indígena de Waunana o El Papayo. ¿Qué puede pasarle a uno en el San
Juan cuando se aventura en sus aguas? Puede pasarle que la suerte le regale una
noche despejada, porque aunque son raras, también son hermosas como pocas. Porque la luna llena se refleja en el cauce del
río y le recuerda a uno aquel poema infantil que reza:
Tres sabios con muy
poquito seso
Creían que la luna
era un queso
Un queso que flotaba en el río
Y quisieron pescarlo
¡Dios mío!
Los peces
cantaban a la una
Contemplando su
mala fortuna:
¡No es un queso¡
¡es la luna¡
¡LA LUNA!
¿Puede pasarle algo
mejor que esto en el San Juan? Si, puede pasarle que como yo, sin pensarlo, sin
preverlo, asista en noviembre, en la época en que caen las Leónidas, y que
pueda contemplar una lluvia de estrellas que nadie se la sueña, y que desde el
más potente telescopio queda sin gracia, junto al placer de contemplarla
sentada en la ribera el Río San Juan. Porque me cansé de tener la vista hacia
el cielo, porque eran de verdad muchas estrellas las que cayeron esa noche, y pude verlas reflejadas una a una y cayendo
en el lecho del río, mientras pensaba que después de eso ya podía morirme, o
que la muerte debería cogerlo a uno en algo así, porque más belleza no me parece hasta ahora
posible. Me pasó a mí, esto pasa en Colombia, en el Río San Juan, porque en
Colombia, a pesar de muchas cosas, hay
lugares que tienen magia. Espero que pueda pasarle también un día a Ud,
viajero.
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